Otras Publicaciones: Freddie Mercury

Freddie Mercury: Desde el alma
Déjenme darles la bienvenida, damas y caballeros.
Me gustaría decirles hola.
¿Están listos para el entretenimiento?
¿Están listos para el show?
Los voy a sacudir, los voy a hacer rodar,
los voy a hacer bailar en los pasillos,
déjenme entretenerlos.
Vine acá para venderles mi cuerpo,
les puedo mostrar un poco de buena mercadería.
Los voy a arrastrar y los voy a drogar…
Freddie Mercury nació en la isla de Zanzíbar (colonia británica en África), el 5 de septiembre de 1946. Adolescente, viajó con sus padres a Inglaterra. Estudio artes y en 1969 conoció a Roger Taylor y Brian May que tocaban en la banda Smile.
Congeniaron enseguida. Llegaba con el más exagerado atuendo y decían todos que lo que se pusiera le quedaba perfecto. Su personalidad era cautivante.
Con Brian y Roger definieron la banda. Convocaron un bajista –John Deacon- y armaron Queen.
Escúchenme todos ustedes,
dejen lo bueno y quédense con lo malo.
No crean todo lo que dice la Biblia.
Que los pecadores formen fila.
Los santos se quedarán muy atrás.
“Ideé el nombre Queen hace años. No es más que un nombre. Pero, evidentemente, es regio y suena espléndido..., es un nombre fuerte, muy universal e inmediato. Tenía mucho potencial visual y estaba abierto a todo tipo de interpretaciones. Desde luego, yo era consciente de la connotación gay, pero eso no era mas que una faceta”, expresaba Freddie.
Durante dos años trabajaron con ahínco para aprender a ser los mejores dentro de su especialidad artística. Compusieron canciones en forma individual y conjunta, le dieron uniformidad al estilo musical del grupo.
En 1973, decidieron desplegar sus alas y fueron inmediatamente aceptados por un sello que les prometió la edición de un simple y un álbum.
Reino con la mano izquierda, dirijo con la derecha.
Soy el Señor de toda la oscuridad,
soy la Reina de la noche.
Yo tengo el poder…
Entre 1973 y 1977, Queen se transformó en puntal del rock británico. Los seis álbumes editados en ese lapso (“Queen”, “Queen II”, Sheer heart attack”, A night at the Opera”, A day at the races”, “News of the World”) marcaron una tendencia y una época nueva en la cultura pop. Vilipendiados por la crítica, adorados por sus fans, estilizaron el rock con sus particulares arreglos (gospel, ópera, clásica, varieté, extravagancia musical y escenográfica, crudeza y sutileza en los solos de guitarra, rock) y Freddie como plato principal: “Ciertamente soy amigo del brillo y el esplendor. Adoro vivir la vida. Desde luego trabajo duro para ello, y quiero pasarla bien. Que nadie me lo niegue. Puede que no vuelva más y quiero divertirme un poco.”
Puedo bajar las luces y cantarte canciones tristes.
Podemos bailar el tango, los dos solos.
Puedo hacer una serenata y tañer suavemente
las cuerdas de tu corazón,
ser Valentino sólo para vos…

La sutileza de las letras en las canciones fue volcándose acentuadamente a la ambigüedad, lo que, paradójicamente, las acercaba más a la realidad. “Estoy proyectando salir a escena portado por esclavos nubios que me abaniquen. En realidad, en la actualidad me dedico a hacer casting con vistas a esa selección. Yo seré el que escoja personalmente a los elegidos. Pero ¿dónde encontrar esclavos a esta altura?”, sostenía, con su particular acidez.
En 1978 editaron “Jazz” que siguió a una gira internacional, que además de erigirlos en Argentina como puntales de la música más escuchada, los catapultó al punto más alto de ventas de álbumes. Antes de registrar “The game” en 1980, editaron un álbum doble en vivo de la gira (“Killers”).














He pagado mi derecho de piso una y otra vez.
He cumplido mi sentencia pero no he cometido un crimen.
Y he cometido algunos errores.
Me han cortado el rostro muchas veces,
pero he salido adelante.
Somos los campeones, mi amigo, y seguiremos luchando hasta el final.
He recibido reverencias y aplausos.
Me trajiste fama y fortuna y todo lo que viene con eso,
te lo agradezco, pero no fue un lecho de rosas,
ningún crucero de placer.
Lo considero como un desafío frente a toda la raza humana
y no voy a perder.
Somos los campeones.
No hay tiempo para los perdedores
porque somos los campeones del mundo..
.
En febrero y marzo de 1981, Queen visitó por vez primera nuestro país. Dio cuatro conciertos con lleno total. “En la Argentina me suplicaron que por ninguna razón fuera a cantar Don’t Cry for me Argentina. Yo me sentía absolutamente omnipotente. Me sentía como el mismísimo diablo, y pensaba: ‘Todo este poder es mío, y si quiero puedo hacer que toda esta gente se rebele contra su gobierno. Si lo deseo puedo destruir todo esto’. Es una sensación muy especial; alguien con una mentalidad diferente de la mía podría haber capitalizado todo esto políticamente pero yo soy demasiado amoroso para tomar parte en algo tan feo.
Luego de registrar el flojo “Hot space” que dedicaron a los argentinos (con la canción “Las palabras de amor”), que tuvo la participación de David Bowie en la autoría y la voz en “Under pressure”, registraron su disco de neto corte pop: “The Works” (1984).
Freddie crecía como figura a la par de su banda, lo que motivaba un replanteo de sus deseos más personales, como la grabación de un disco en solitario para proyectar una carrera alternativa.
Así fue que llegó el álbum “Mr Bad Guy” (1985), su sinceramiento universal a través de su música. Un trabajo que fue bien recibido por su gente, que distaba enormemente de las grabaciones realizadas con Queen y que lo posicionaban como gay, aún sin expresarlo con las más claras palabras. Por ese entonces conoció a Jim Hutton, quien sería su pareja hasta el día de su muerte.
Presentado primero como su jardinero, en Garden Lodge, su mansión, Freddie y Jim fueron enamorándose y trastabillando más de una vez. Pero nadie duda que existió una unión mágica entre ambos.
Ese 1985, Freddie –a la cabeza de Queen- avasalló los escenarios de Wembley y Río de Janeiro en los festivales Live Aid (acto de beneficio para la gente de África) y Rock in Rio. Y se aventuró en la grabación de la música para el film “Highlander” (ya habían realizado la de “Flash Gordon” en 1980), cuyas canciones verían la luz en el disco que los llevaría por última vez de gira: “A kind of magic” (1986).
Tuvimos amor y tuvimos clase,
y tuvimos sexo y ya se que tuvimos lo que eso trae.
Vuelvan, vuelvan y jueguen.
Adiós, adiós, la fiesta ha terminado...

Entre 1986 y 1989 hicieron un paréntesis en los conciertos. Argumentaron que querían relajarse y que editarían cds como solistas. La realidad era otra. Freddie era seropositivo y los cuatro –de común acuerdo- decidieron cancelar las giras. Aunque decidieron volver a los estudios para plasmar “The Miracle”, que vería la luz en 1989.






Cuando ya no hay sal en el mar.
Aquí estoy, destronado, desnudo y sangrando.
Pero cuando apuntas salvajemente con tu dedo,
¿habrá alguien que crea en mi?
¿que escuche mi ruego y me cuide?
“Las cosas que admiro son las que exigen una dedicación full time: doce horas de trabajo al día y noches sin pegar un ojo. Me gusta pensar que nosotros somos más que rock and roll. Llamalo como quieras, no hay barreras. Especialmente ahora que todos están tratando de liberar sus sentimientos y quieren infiltrar nuevos territorios. Esto es lo que estuve tratando de hacer por años. Nadie incorporó el ballet. Quiero decir, suena tan peculiar, pero sé que va a llegar una época en la que sea cosa de todos los días. La gente quiere arte. Quiere espectáculo. Quiere verte ir rápido en tu limusina. Todo lo que quiero de la vida es hacer un toco de dinero y gastarlo.”
¿Qué me queda por hacer en esta vida?
¿Logré todo lo que me había propuesto?
¿Soy un hombre feliz, o estoy sobre arenas movedizas?
¿Valió la pena entregar mi corazón y mi alma
y quedarme despierto toda la noche?
¿Valió la pena vivir respirando rock and roll,
una vida abandonada por Dios?
¿Valió la pena?
Sí. Fue una experiencia provechosa.
Valió la pena.
Freddie se fue alejando cada día más de la prensa. Viajó mucho por Europa, se conectó con su admirada Montserrat Caballé, con quien grabó un álbum y el tema principal de los Juegos de Barcelona ’92.
Un día decidió suspender su medicación. Eran tiempos en los que se asociaba sida = muerte. No pudo con su realidad y esperó lo peor.
El 23 de noviembre de 1991, Freddie salió al encuentro de la prensa luego de varios meses de ocultamiento por el agravamiento de su enfermedad (sólo recibía visitas de sus amigos más cercanos, además de Roger Taylor, David Bowie y Elton John), mediante un comunicado: “respondiendo a las informaciones y conjeturas que sobre mí han aparecido en la prensa desde hace dos semanas, deseo confirmar que soy seropositivo y que tengo sida. Es hora de que mis amigos y mis fans en todo el mundo conozcan la verdad, y deseo que todos se unan a mí, a mis médicos y a todos los que padecen esta terrible enfermedad, para luchar contra ella.”
Espacios vacíos, ¿para qué vivimos?
Lugares abandonados, creo que sabemos de que se trata.
Adelante, ¿alguien sabe qué estamos buscando?
Otro héroe, otro crimen demente.
Tras el telón, en la pantomima, sosteniéndonos,
¿alguien quiere seguir adelante?
El show debe seguir.
Adentro, mi corazón se rompe,
mi maquillaje se quiebra,
pero mi sonrisa continúa.
Pase lo que pase, lo voy a dejar todo a la suerte.
Otro corazón roto, otro romance fallido.
Adelante, ¿alguien sabe para qué vivimos?
Creo que estoy aprendiendo.
Debo ser más cálido ahora.
Pronto daré vuelta la esquina.
Afuera amanece, pero adentro, en la oscuridad,
lucho con dolor para ser libre.
Mi alma esta pintada como las alas de las mariposas.
Puedo volar, amigos. El show debe seguir.
Lo enfrentaré con una sonrisa, no voy a entregarme.
Adelante con el show.
Seré el primero de la lista, me voy a sobrepasar.
Voy a encontrar la fuerza de voluntad para seguir adelante.
Adelante con el show. El show debe seguir.
Antes de “partir de gira” había dejado grabado un álbum, “Innuendo”, del que registraron cuatro de los videoclips promocionales (“Innuendo”, “I’m going slightly mad”, “Headlong” y “These are the days of our lives” -en el que le dedica su I still love you al final de la canción a Jim que estaba tras de cámaras) y aprovechando cada chispa de fuerza que tuvo, registró voces para canciones que verían la luz en un álbum posterior a su muerte (“Made in Heaven” -1995-) que tiene un sonido y un trato muy especial y conmovedor (que incluyo los músicos de Queen veneran como de los mejores trabajos que haya registrado la banda.
Freddie falleció un 24 de noviembre de 1991, meses después, el 20 de abril, se organizó un homenaje en el estadio Wembley de Londres con la participación de artistas de la talla de Annie Lennox (Eurythmics), David Bowie, Elton John, Guns & Roses, Metallica, Def Leppard, Elton John, George Michael, Lisa Stanfield, Liza Minelli, además de los tres compañeros de Queen, y su amigo compositor Mark Moran.
Su legado permanece, sus canciones desparramadas a lo largo de dos décadas condensando la energía, la calentura, el sexo, la pasión, la sencillez, el esplendor y, lo que por sobre todas las cosas persiguió y encontró, el amor.
Abre tu mente y déjame entrar.
Reposa tu cansada cabeza y que tu corazón decida.
Es tan fácil cuando conocés las reglas.
Es tan fácil lo que tenés que hacer.
Es enamorarte.
Juega el juego, todos juegan el juego del amor.
Cuando te sientas deprimido y tu resistencia esté débil,
enciende otro cigarrillo y déjate ir.
Todo lo que tienes que hacer es enamorarte.

  • las bastardillas son fragmentos de canciones compuestas por Freddie Mercury.
  • esta nota ha sido revisada y corregida especialmente para Sentido G en noviembre de 2008; fue publicada originalmente en noviembre de 1995, en la revista Nº 25 de NX, periodismo gay para todos (Edición del Grupo Nexo) y una parte fue extractada años después en la página web de Sentido G.
  • La nota que sigue fue especialmente escrita para acompañar la actulización de la nota anterior sobre Freddie Mercury, en ocasión de la visita de odos ex integrantes de Queen, Brian May y Roger Taylor junto al cantante Paul Rodgers.

Desplegando alas sobre Vélez
El viernes 21 de noviembre de 2008, 27 años después de la visita de Queen a Buenos Aires, y a tres días de que se cumplan 17 años de la muerte de Freddie, Roger Taylor y Brian May junto a Paul Rodgers (cantante de rock admirado por Freddie, ex líder de las bandas Free, Bad Company y The Firm) desembarcaron en tierras porteñas como Queen + Paul Rodgers, con la excusa de presentar su álbum de estudio de reciente aparición “The Cosmos Rocks”.
Durante dos horas y media, desplegaron un sinfín de canciones de la banda; arrancaron con “Hammer to fall”, “Tie your mother down”, “Fat bottomed girls”, “Another one bites de dust”, “I wanna at all” y “I want to break free”, le dieron espacio a algunas de las canciones de Rodgers (como “All right now” y “Feel like making love”), que estuvo a la altura de las circunstancias y sin pretender reemplazar a Freddie.
Tanto Brian (quien llevó adelante las presentaciones y recuerdos de su vista anterior) como Roger tuvieron sus momentos exclusivos: May desplegó su grandilocuencia al mando de su guitarra, pero también tomó la posta de la primera voz en canciones de su autoría como “39”, “Las palabras de amor” (dedicada a los presentes, compuesta luego de la vista de 1981) y las dos que compartió en primeras voces con Taylor (“Say it’s no true” y “Under pressure”). El baterista, que erizó la piel de las 45 mil personas en el estadio de Vélez con un solo de percusión –primero sobre el contrabajo y luego en las piezas de su batería, mientras un asistente se la iba armando)-, cantó su clásica “I’m in love with my car” y la grandiosa “A kind of magic”.
Hubo temas del último álbum (“We relieve”, “The Cosmos rocking”, “Surf’s up, school’s out...”, “Say it’s no true” y “C-elebrity”), la espléndida “Last horizon” con Freddie cantando “forever” en el medio del solo, el momento sublime de todo el estadio interpretando con May “Love of my life”, las manos al aire y aplaudiendo al compás de “Radio Ga Ga”, la combinación de voces y aplausos en “We will rock you” y “We are the champions” en los bises, la voz y figura de Freddie cantando la primera parte –solo- y a dúo con Rodgers -en el final- en “Bohemian Rapsody” y todos los músicos con la camiseta de la selección argentina con el Nº 10 y el nombre de MARADONA grabado en la espalda, en el saludo final con “God save the Queen”, como marco final de un concierto apoteótico, sentimental, hechizante y atronador, mientras quien firma pensaba en dos personas que deberían haber estado.

Otras Publicaciones: Militancia y Desapariciones

Militancia y Desapariciones en Flores

“Estamos ciegos de ver,

cansados de tanto andar,

estamos hartos de huir

en la ciudad.”

Fue el primer mártir obrero. Fue delegado en una fábrica metalúrgica. Fue militante de la JP. Fue víctima del terrorismo de Estado. Es un emblema de nuestro tiempo. Felipe Vallese.

La noche del 23 de agosto de 1962, bajo la presidencia dictatorial de José María Guido, un joven de 22 años caminaba por la calle Canalejas cuando fue abordado por un grupo de tareas, que intentó (y consiguió) meterlo en un auto. Felipe se agarró del árbol que estaba frente a la casa N° 1776. Sus gritos inquietaron a la vecindad y sus uñas quedaron clavadas en el tronco. Nunca más se supo de él.

Oscar Vitola, ex Capitán del Ejército, era militante peronista. Respondía al futuro Ministro de Juan Perón, Gral. Iníguez. Mucho antes de la campaña que impulsaba “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, en los albores de los ’70, Vitola –que había sobrevivido al fusilamiento del Plan Conintes- abrió una Unidad Básica en la calle Neuquén y Fray Cayetano Rodríguez, que bautizaron con el nombre “Los Caudillos”. Allí se sumaron Néstor Bilancieri, Carlos Melena, Hugo Velázquez, el Gordo Puchi, Miguel Foncuevas, Gabriel Goitía, Néstor Sanmartino, Héctor Díaz, Carlos Tedeschi, el turco Adisi, Raúl Lagos, el Chiva, Néstor Porro, las hermanas Dorita y Teo, los hermanos Bertoni –Osvaldo y Horacio- y su madre Norma, los Cachos Ropero y Gerez, Pelusa Garrica v su madre (enfermera del Hospital Rivadavia, que luego desapareció durante el régimen dictactorial de Videla), muchos miembros de la tendencia revolucionaria, como Horacio González. Con ellos militaba el hermano de un referente barrial: Italo Vallese. Se juntaban alrededor de cien personas, eran tiempos de preparar el regreso del Gral. Perón, eran tiempos de venturosos cambios y de revolución.

Sobre Helguera y Neuquén, posteriormente, se abrió otra UB, la “Capuano Martínez”, que integraban muchos y muchas militantes peronistas y una parte pesada de Montoneros. Era frecuente ver caravanas de “pintores de la noche” que empapelaban y esgrimían frases partidarias. A menudo se chocaban el ERP, la UCR, el PC, y la JP y se disputaban los espacios que más se cotizaban visualmente como el paredón sobre la calle Avellaneda –lindando con el Club Ferro Carril Oeste y las vías del tren-, el que bordea la escuela Santa Brígida frente a la Plaza Irlanda y más sobre el territorio de Flores, los paredones que hoy ocupan la Plaza Aramburu (sobre Av. Avellaneda) y Plaza La Pampa (sobre Av. Gaona).

“Nunca tendremos raíz,

nunca tendremos hogar,

y sin embargo, ya ves,

somos de acá.”

Los ’70 llegaron con transformación, con represión, se montaron en el caballo de la parca que provocó el régimen militar de Videla, Viola, Massera y compañía, pero fueron también épocas de esperanza, de lucha, de homenajes como las misas por Felipe Vallese en la Basílica de Nuestra Señora de los Buenos Aires –sobre Av. Gaona- con pancartas y estandartes; épocas con abogados que se jugaban a pesar del riesgo de ser chupados –como los doctores Ortega Peña, Duhalde o como recuerdan algunos militantes, “uno de bigotes que era del Comfer, que se jugaba en sacar a compañeros de Flores”.

La militancia resistía, Goitía y Sanmartino –ex trabajadores del Corralón Municipal de Gaona y Gualeguaychú (en Floresta)- desaparecían, otros militantes eran “voladores” o “volandos” –como los describía la Federal-, porque estaban en el aire, no estaban asentados, desde ya, en los libros de ingresos en las seccionales. Recuerda una fuente que el Comisario Míguez, de la 50 –sobre Gaona- frente al paredón que hoy erige la Plaza La Pampa salía todas las noches con un carro de asalto del Ejército a chupar gente.

Uno de los casos lo vivió el recordado Cachito Ropero, que vivía en Juan B. Justo y Cuenca, donde la avenida pega la curva; como eran nuevos en el barrio, cruzaron la calle para saludar a unos vecinos cuyos hijos se habían hecho amigos. Mientras estaban dentro del hogar llegaron dos Falcón que se estacionaron frente a su casa. Cacho, espectador de lujo, veía el procedimiento desde el otro lado. Su padre, recordado como un hombre macanudo, divino, los mudó a la provincia donde permanecieron escondidos durante un tiempo largo y se apersonó en la Comisaría para realizar la denuncia de que su hijo había desaparecido.

El caso de Cacho era uno más de los que se multiplicaban permanentemente entre 1976 y 1982, en un barrio de compromiso militante, de ideas de transformación, de desapariciones. Una era en la que nos preguntamos a menudo si –como ocurrió con el régimen fascista de Mussolini y nazi de Hitler- el pueblo pudo haber reaccionado, pudo haber dicho basta, aunque el miedo paraliza, aunque el miedo destrona los valores más justos del ser humano. Hubo gente comprometida, sí, que reaccionó, hubo madres desesperadas que comenzaron a danzar su grito de auxilio y a enarbolar los pañuelos de la memoria, la verdad y la justicia: También hubo cómplices y testigos que prefirieron carronear, hubo niños expropiados, hubo un demonio y hay otra historia... que se está escribiendo.

“Vibramos como las campanas,

como iglesias

que se acercan desde el sur,

como vestidos negros

que se quieren desvestir."


En Flores se tejió parte de una historia que debe ser contada. Desde el secuestro de Vallese –primer hito de una desaparición- la militancia apostó sus banderas a la reivindicación de su muerte, en ese andar se construyó un modelo de cambio, hacia un país justo. Hubo quienes destronaron el Poder del Pueblo para erigirlo en el Terror del Estado, de un Estado militar, que combatió a la clase militante y que secuestró, torturó, asesinó y desapareció a miles de personas, cobrándose sus bebés como botín de guerra y sus propiedades, sus mobiliarios, sus pertenencias económicas. La militancia de Flores logró, con el advenimiento de la Democracia, que la calle Canalejas lleve el nombre de Felipe Vallese. El resto de la historia se sigue escribiendo...

“Yo siempre te he llevado

bajo mi bufanda azul

por las calles

como Cristo a la cruz."


Texto elaborado a partir de Recuerdos de Carlos Tedeschi, militante de la JP en los ’70. Frases en bastardilla de la canción de Charly García “Los sobrevivientes” (1979).

Nota inédita escrita para un libro de Derechos Humanos y Militancia que no llegó a salir, solicitado oportunamente por la Secretaría de Descentralización del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en 2007.

Otras publicaciones: Madres de Plaza de Mayo

Caminando sobre tus huellas: madres


Las huellas son cuerpos que giran a las 3,

antes y luego son sombras,

marcas que el febo grabó en rededor.

Las Madres construyeron un tiempo, lo signaron con su andar. Las madres hicieron lo que cualquier mamá hubiera hecho: buscar a sus hijas, buscar a sus hijos.

En 1976, un 24 de marzo, Argentina cambió. Jóvenes perseguidos por botas calientes y madres recogiendo un legado. Hoy como abuelas buscan a sus nietas, a sus nietos, dan el fuego sagrado del amor a otras hijas, a otros hijos, que hoy nietas y nietos, enarbolan la misma bandera que signa un tiempo que no pudo ser y que será.

Escribió el escritor indonesio Y. B. Mangunwijaya: A veces no se ve nada en la superficie, pero por debajo de ella todo está ardiendo.” Fueron treinta años de dolor, de angustia, de despojos y nada pudo acallarlas, mucho menos detener su andar, esa danza en rededor de la plaza. Ellas danzaron cada jueves, con sus pasos grabaron huellas, enalteciendo el espacio de la revolución; ellas, sin saberlo, sin planificarlo siquiera, encendieron una revolución de amor, con la única bandera de la libertad, esquivando algunas miserias de los gobernantes de turno, entendiendo que la página de la vida se escribía con sus huellas, sombras del altar piramidal. Pero no todo fue andar, no todo fue girar.

Demasiada lluvia no aliviará dolores,

demasiada lluvia no enjuagará razón,

la lluvia también trae la inundación.

El reclamo fue en desesperación, un pedido de ayuda infinita, a nadie y a todos: encontrar con vida a sus hijas, a sus hijos; en ese peregrinar encontraron muerte, la muerte las rozó, las muerte la secuestró, la muerte las torturó y las asesinó. Y la muerte les dio mayor razón para sembrar utopía y cosecharla. Nada las amedrentó, si ya habían perdido lo más valioso de su ser, si ya habían conocido el peso del desgarro; en ese dolor se afirmaron más, construyeron espacios, sembraron también pañuelos, dieron amor al círculo del grito, lo nutrieron de huellas, que cada tarde de jueves, cuando dejan de girar, siguen marcando sombras, siguen signando el tiempo.

Un guión encontrado: (Las luces bajan, todo se torna lúgubre, hay tiempo nuboso. La cámara se acerca desde el fondo y los toma desde atrás: son un pescador y su hijo. El hombre, de unos 60 años. Su hijo, adolescente, desgarbado, flaco. La voz en off es de un hombre maduro que va describiendo la acción mientras una panorámica baja lentamente en picada hacia un mar calmo):Yo fui una sola vez, 1977, sí. Lo recuerdo bien porque Argentina estaba jugando los partidos amistosos previos al mundial 78. A mi padre lo invitaron a pescar en Santa Teresita. Teníamos entradas para ver Argentina-Inglaterra pero él prefirió ir a pescar y la verdad que a mí me entusiasmaba esa idea más que ir a la cancha. Fue un sábado invernal, bastante lluvioso y ventoso, aunque era diciembre. Mi padre estaba empecinado en ir a pescar igual porque era el último día aunque decía que no iba a sacar nada. Yo creo que él se entretenía tirando y recogiendo. Siempre estaba con su pipa. Hablaba lo justo. No repetía jamás una consigna. El viento... serían las tres o cuatro de la tarde... el viento soplaba bastante... (Comienza a escucharse viento, llovizna y ruido de mar más intenso.). Estábamos los dos y otros tres o cuatro pescadores. Mi padre arrojaba, recogía y volvía a tirar, yo arrojaba piedras al mar y buscaba en el horizonte alguna aleta de tiburón. Tenía una obsesión con los tiburones... Una aleta de tiburón era todo lo que deseaba. No sé para qué, si para verla, si para que mi padre lo pescara, no sé, seguramente esperaba que sucediera esa famosa batalla del viejo y el pez vela en la novela de Hemingway. Qué inocente, pero ahí estaba yo, tirando piedras al mar cuando miré a lo lejos y le dije al viejo: ‘¡Papá, papá, mire... tiburones!’. (El hombre prestó atención y respondió con su particular tranquilidad): ‘No grite. Déjese de molestar a la gente. Deben ser toninas. Quiere decir que se avecina una tormenta. Mire como está el cielo.’ (El joven se queda mirando a lo lejos mientras la cámara recorre mar adentro un plano largo a la par de las expresiones nerviosas del pibe): ‘Le digo que no. Son tiburones. No salen y entran como las toninas. Fíjese.’ (El hombre toma la caña como para lanzar, prepara el lanzamiento y cuando va a tirar se detiene en seco). ‘Me parece que son... no son toninas’ (dice pensativo, mientras exhala su humo de pipa). ‘Son maderas, me parece que son maderas flotando’ (advierte. Le pide a su hijo que le pase sus anteojos, se mete un poco más dentro del mar): ‘Parece gente... gente flotando. Parecen cuerpos inertes. No hacen señas. No se ven movimientos. (Hace una pausa). Absolutamente, son ahogados.’

(Un close up al rostro del joven, que sale corriendo y gritando en dirección a los guardavidas, mientras se observan dos lanchones acercándose a los cuerpos flotantes; se ven a varios bañeros nadando con salvavidas al hombro y cuerdas. La cámara, desde mar adentro, toma la orilla, en plano medio del pescador... Las imágenes son muy rápidas entre primeros planos de las caras, los planos del rescate y las manos nerviosas del padre y su hijo). ‘Aníbal, quiero felicitarlo, por su atención, ha sido muy acertada. Vaya a ver si quiere.’ (le dice, mientras los gomones se van acercando a la costa, mirando al suelo. El joven, con cara de horror, observa los cuerpos sobre la arena. La voz del joven se va mezclando con la voz en off). ‘No tienen dedos. Ninguno de los cuerpos tiene dedos.’: “Llegaron cerca de diez personas, entre guardavidas y marineros, con siete cadáveres. Los arrojaron en la playa. Estaban como verdes, cubiertos de algas, bastante horrible. Mi padre se acercó a hablar con uno de los guardavidas. No le dieron ninguna información. Llegaron dos camionetas polarizadas, sin patentes, los envolvieron en plásticos y se los llevaron. La noticia nunca apareció en ningún medio de Santa Teresita, ni siquiera en los noticieros y diarios de Buenos Aires al otro día cuando llegamos. (Hay una pausa en el relato, la voz se quiebra): “Ese momento frío, de una tragedia absoluta, cargado de muerte y desolación, tormentoso, ventoso, ese momento fue, quizá, el mejor que compartí con mi padre. La única vez que me prestó atención. ¡Terrible!, no lo extraño, a mi padre, para nada. ¿No es eso terrible?”. (Fin).

Las madres tejieron con huellas,

arañas en su telar de amor,

arañas cerniéndose sobre la muerte.

“Estas locas”, “las locas de la plaza”, “si a mí me secuestran un hijo no haría semejante cosa, me quedó a llorarlo en casa”, “en el regocijo del alma es donde debemos buscar resignación” son algunas de las tantas y huecas definiciones que escuché en mi infancia, creciendo en un barrio tranquilo, donde la solidaridad era palabra mayor, donde un país se derretía, disfrazado en un carnaval de mundial de fútbol, amordazados para gritar libertad y liberados para gritar dale campeón; advertidos de salir con la cédula de identidad (“a ver si te para la policía”), o con miedos de patear cajas y bolsas de residuo porque podrían explotar; un país donde todos debíamos sospechar de cualquiera con barba y pelo largo a lo Che Guevara, Lennon o gurú Maharishi; todos sospechosos de todos, todos espiando a los costados, todos desconfiando de esas locas de pañuelos blancos que reivindicaban a sus hijas, a sus hijos y pedían: “por favor, ayúdennos”; esas señoras locas, esas señoras, esas damas de la búsqueda, damas del grito por la justicia, damas del grito de libertad, damas madres del amor.

Instantáneas de azul enmarcan los pasos,

perpetúan un graffiti silente,

perpetúan un grito infinito de verdad.

El andar se va transformando, ya son pocas ellas y muchos nosotros; cada jueves los turistas disparan sus flashes para perpetuarlas en fotos que serán huellas del futuro. Como aquellas imágenes que, en 1978, recorrieron el mundo cuando el periodismo las perpetuó. Instantáneas que las cristalizaron en la conciencia universal y las vitalizaron mucho más. Las huellas signadas en el círculo del amor sobre la muerte, ante una muerte que sabemos que estuvo y está pero que aún se sigue expresando en el graffiti: “aparición con vida”.

30 años desde aquel fatídico 24 de marzo, donde un pueblo agobiado pedía cambios, pero cambios democráticos no de cuarteles. ¿Elegimos mal?

Había que ser madre para entender, sin entenderlo bien; había que ser madre para regar durante tanto tiempo tanta vida. Una lucha que no fue en vano, que aún persigue esclarecer la suerte de sus hijas y sus hijos, de sus nietas y sus nietos, de sus hermanas y hermanos, de sus tías y sus tíos, de sus amigas y amigos. Les ha dado un valor que hoy recogen otras madres (y padres) del dolor por muertes de gatillos fácil, secuestros exprés, prepotencia de la autoridad y necedades políticas.

En 2004 la conocí a Lili, fue en marzo, causalidad. Ella es hermana de un colega, desaparecido. Nunca nos hemos conocido con su hermano Carlos (por cuestiones de vivencias y edad) ni tendré la posibilidad de ver su obra porque también desapareció con su desaparición. Lili recogió la huella de su madre Amanda, me la regaló también a mí en un pañuelo y me enriqueció de vivencias, propias y ajenas. Juntos seguimos esperando la aparición con vida, mientras las huellas se siguen perpetuando en rededor de la pirámide de mayo.

Nuestras manos son tus manos

Madres.

Nuestras manos se hacen carne

en tu voz, Madres.

Nuestras manos son tu voz

Madres,

caminando sobre tus huellas:

Madres.


Escrito Inédito que no llegó a publicarse en un libro sobre la Memoria, a editarse por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en 2007.-


Comparto a continuación un poema de mi querida amiga Liliana Denis dedicado a su hermano Carlos, publicado un 18 de junio de 1995.-

Carlos, hermano querido

Carlos, hermano querido,
que ya transitas el camino de la historia,
que eres el orgullo de mi triste memoria,
que eres el dolor, demi pueblo oprimido,
que eres la esperanza, y el futuro de mis hijos,
que eres la libertad tantas veces soñada,
porque tu cautiverio amado hermano,
es lo que me empuja a seguir luchando.
Porque sabes una cosa? sos mi propio símbolo de lucha.
Junto a nuestros 30,000 desaparecidos.
Hombres y Mujeres de este suelo Argentino,
que como vos soñaron abrir nuevos caminos,
ayudar a los pobres a una vida mejor,
a los campesinos a pensar en sus derechos,
a que no sufran más los niños de nuestro pueblo,
por todas estas cosas están en cautiverio.
Y todavía hay argentinos que se atreven a decir:
algo habrán hecho.
Sí yo les contesto, todo esto es lo que hicieron, y mucho más,
no en vano están presos en la cárcel de los represores,
asesinos torturadores, violadores,
de gente indefenza, sacada de su cama a las patadas.
Por sus ideales, por su sed de justicia,
por toda su humanidad, por nosotros,
por nuestros hijos, y por todos los que vendrán,
por eso Carlos, hermano querido, vos sos mi símbolo de lucha,
y toda mi voluntad y porque tengo conciencia,
quiero llegar a la verdad!
Y hoy como todas las noches espero verte llegar.


CON VIDA TE LLEVARON. CON VIDA EXIJO VOLVER A VERTE .


Fotografía 1: el pañuelo blanco pintado sobre el suelo de la Plaza de Mayo; símbolo de las Madres de Plaza de Mayo

Fotografía 2: Liliana Denis (izq) y Carmen Loretice; agencia Reuters

Fotografía 3: Carlos Denis; secuestrado-desaparecido el 27 de marzo de 1977


Sangre en el mar



“Durante mucho tiempo tomé la pluma como espada; ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros, hacen falta; aun así sirven. La cultura no salva nada, ni a nadie, no justifica. Pero es producto del ser humano: el ser humano se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen ese espejo crítico. Por lo demás es un viejo edificio en ruinas, mi impostura es también mi carácter; podemos deshacernos de una neurosis, pero no curarnos de nosotros mismos”.
Jean Paul Sartre



En el invierno de 1977 viajé junto con mi padre Carlos, un activo militante peronista, a Santa Teresita, en la costa atlántica argentina, lugar donde durante muchos veranos vacacionábamos con mis familiares. Él, junto con otros compañeros de militancia –Miguel y Héctor- viajaban periódicamente para trabajar en la construcción de casas prefabricadas de madera. Uno de los fines de semana me sumé en el viaje.
En mi casa, desde muy chicos, mi hermano Edgardo y yo, sabíamos bien quien era Evita, Juan Perón, Cámpora, Manrique, Balbín, Isabelita, Rucci, el Che. Aunque mis padres nos recomendaban que no habláramos en la escuela de Perón –durante el gobierno de facto de Videla y cía-, en casa estaba la V de la victoria pintada tras la puerta con la J y la P flanqueando ambos lados. Allí se hacían “asados peronistas” –como los describía mi madre Martha: dos kilos de asado y una damajuana de vino- y llegaban todo tipo de personas y personajes: los Cachitos, Melena con su familia, Miguel, Hugo, Dorita y Teo, los hermanos Osvaldo y Horacio con su madre Norma, el gordo Puchi, Raúl, el loco Beto, el Chiva, Rafael, la negra Cuca, muchos de los jóvenes peronistas que conformaban la Unidad Básica “Los Caudillos” de Fray Cayetano Rodríguez y Neuquén, en el barrio de Flores, y tantos compañeros y tantas compañeras de militancia que tiempo después debieron exiliarse o que fueron “chupados” por la última dictadura militar que signó para siempre los sueños de una generación; generación propulsora -equivocada o no- de un cambio de relevancia que jamás podría darse. Esos asados eran la despedida de muchos de esos y de muchas de esas militantes que tenían que irse del país porque sus vidas corrían el mayor de los riesgos.
En esas comidas, hasta entrada la madrugada, cerca de treinta o más personas se juntaban para el brindis de despedida de los que se iban del país, también servían para planificar pintadas “prohibidas” o para construir una idea que luego sería plasmada en un volante que días más tarde arrojaríamos (porque yo siempre me prendía) desde el citroën celeste de mi viejo cuando íbamos a la cancha a ver a mi querido San Lorenzo (en el viejo gasómetro) o al Argentinos Juniors del pibe Maradona. Los más chicos, alrededor de veinte, nos quedábamos en la calle jugando y campaneando los movimiento de la policía. Sí, campaneando... Eran tiempos de estado de sitio, se prohibía a la ciudadanía estar reunidos en la calle, en grupos mayores a cinco personas y resultaba más que sospechoso que de una casa entrara y saliera tanta gente. Uno de los frecuentes concurrentes del club Caballito Juniors –en frente de mi casa, donde pasábamos todo el día jugando al fútbol; allí donde había una sala secreta donde se jugaba a las cartas-, era un alto mando de la Policía Federal (que aparentemente era peronista -se lo puede ver en las imágenes históricas al lado del General Perón, cuando regresó al país en 1973, en la mañana lluviosa del aeropuerto de Ezeiza-). En la puerta del club, entre dos y tres autos Ford Falcon, todos verdes, esperaban que el jefe terminara sus whiskies y su partida de póker. Nosotros jugábamos en la calle y observábamos cuando alguno de los autos se iba -se quedaba siempre uno hasta que terminara el escolazo-. Cuando la brigada partía, en ese momento, dábamos el aviso para que empezaran a salir de casa quienes habían concurrido al asado, ya pasadas las o tres de la madrugada. En aquellos tiempos era natural permanecer en la puerta jugando hasta muy tarde, especialmente durante el verano, cuando vecinas y vecinos salían con banquetas, mate o sangría y se sentaban a charlar y tomar aire.
Ese fin de semana en Santa Teresita fue distinto a otros viajes con mi padre. En la radio se podía escuchar una canción que pasaban a toda hora; el estribillo decía “no te borrés que te necesitamos, si te quedás y confiás vas a ver que ganamos”, melodía que con una letra agiornada es canto constante de arenga en los estadios futboleros del país. En cada propaganda se escuchaba ese tema que, por supuesto, como todo lo que un chico escucha hasta el cansancio, luego lo repite y con los años forma parte de una memoria emotiva muy fuerte. Ese fin de semana era especial, porque un día después se sumarían mi mamá y mi hermano –Héctor y Miguel no irían hasta el lunes- y porque la tarde de nuestra llegada -lluviosa, ventosa y muy gris, que impidió el trabajo en los exteriores del chalet (aunque al día siguiente hubo un sol radiante que le permitió a mi mamá broncearse de lo lindo)- vivimos algo definitivamente irreal con toda la carga emotiva de una realidad que tuvimos que callar (papá y yo). De aquello que vimos, mi padre, luego, me repitió que no dijera nada; además, quien nos creería si ningún medio ni noticiero, ni siquiera zonal, levantó la noticia; si mi padre podía quedar seriamente comprometido; si al fin de cuentas yo tenía diez años y me esperaban mejores cosas a mi regreso a la ciudad de Buenos Aires para hacer y para jugar que hablar de ciertas cosas que a nadie le importaban porque nadie quería escucharlas y yo no debía contarlas. Había mucha presión, eso lo recuerdo muy claramente: “no patear la basura porque podía haber una bomba”, “salir con la cédula de identidad” -¿a los 10 años?-, “no usar barba ni pelo largo”, “no hablar de nada con nadie que no hablara de nada con uno” y por sobre todas las cosas “ser un espía de todos”. 
Esa tarde se convirtió en única y a partir de allí tuve plena conciencia –a pesar de mi temprana edad- de que alguien desaparecía gente. Era absurdo entenderlo aunque mis padres me lo habían explicado; no lo evalué de esa manera ni lo medité hasta muchos años después, cuando ya en entrada la democracia volvimos a charlar sobre lo que había sucedido esa tarde tempestuosa. Lo que sí recuerdo bien fue que papá lo comentó con mi mamá al día siguiente, con sus compañeros de viaje el lunes y en varias ocasiones en las reuniones de militancia en las que participaba y yo tenía la suerte de estar acompañándolo.

Carlitos, como todos lo llaman a mi viejo, es fanático de la pesca. Munido con sus cañas -y yo con una pequeña de fibra de vidrio para tratar de pescar un tiburón (mi sueño y mi necesidad)- nos fuimos, suspendido el trabajo en el chalet, a pescar. Abrigados para que mi madre, al día siguiente no nos retara de pescar una gripe en vez de un pez, nos aventuramos hacia el mar, caminamos alrededor de nueve cuadras, con mucho viento en contra y un tachito con lombrices. La playa estaba desierta, gris el cielo que configuraba un perfecto y único fondo con el océano, también grisáceo. Yo tiré mi caña pero estaba más atento a los que pescaban los demás y lo que recolectaba un grupo de pescadores que con una gran red se metían hasta bien adentro y sacaban todo tipo de peces, cangrejos, camarones y algas. Mi papá también entraba, unos cien metros, tiraba bien lejos su caña y esperaba la pica. Siempre sacaba: ese día fueron una corvina rubia y una corvina negra, luego preparadas para la noche y el día siguiente, al horno con papás. Yo no pesqué nada, nunca pesco nada, pero me gustaba estar a su lado, mirando lo infinito del mar. Mirándolo muchas personas encuentran profunda serenidad –esa tarde estaba muy sereno, a pesar de la lluvia y gracias al amaine del viento-. Yo buscaba tiburones. Estaba en boga el éxito del escualo del film de Spielberg y algunas personas se obsesionaban antes de entrar en el mar. Yo buscaba aletas; lo único que llegué a ver fueron unas cuantas toninas que engalonaron la tarde y que los pescadores afirmaron que precedían una intensa tormenta que se dio horas más tarde.
Cuando mi padre fue a tirar por tercera o cuarta vez yo le advertí que a lo lejos había cosas flotando y que –seguro- para mí eran tiburones; en mi fantasía eran mandíbulas persiguiendo a las toninas que habían pasado. Mi padre lo comentó con otros pescadores. Adujeron que podrían ser restos de maderas, tal vez de algún choque entre botes pero nada avizoraba que pudiera tratarse de una catástrofe. Aunque lo fue. Otras personas se fueron juntando -una vez que yo corrí y le avisé al guardavidas- a mirar a lo lejos. Se acercó y llamó por handy pidiendo soporte humano y vehicular; alcancé a escuchar que mencionaba ahogados y se metió con una cuerda y dos salvavidas. En cuestión de minutos llegaron otros dos guardavidas que se sumaron, a nado, mar adentro. Nos fuimos acercando más, ya descalzos y mojados por las olas. Pasó un helicóptero sobrevolándonos y luego sobre el lugar, en apoyo aparente a los bañeros. Se sumó un bote de goma y pudimos ver como cargaban varios objetos -que luego supimos eran cuerpos humanos- en la lancha. El helicóptero se retiró cuando llegó una camioneta negra con varias personas de civil. Los que estábamos, alrededor de quince personas, nos acercamos a la lancha que llegó antes que los guardias de rescate -que regresaron a nado- y depositaron entre seis y ocho personas semidesnudas, ya fallecidas, aún sin deterioro del cuerpo, con los rostros llenos de algas y musgos; mi padre no pudo impedirme verlos y tampoco preguntó nada. Los hombres de civil los cargaron en camillas y los arrojaron en la combi. Luego se retiraron. Nadie dijo nada. Solamente uno de los pescadores sostuvo que no era usual que llegara una camioneta civil, que siempre venían la policía o una ambulancia.

Al día siguiente nada apareció reflejado en la prensa local. Años después, las confesiones del ex represor Scilingo, integrante de los vuelos de la muerte que arrojaba en pleno vuelo detenidos y detenidas inconcientes al mar (cumple actualmente una condena a prisión perpetua en España), me confirmaron lo sucedido. Esos vuelos de la muerte de la Armada Naval sobre el océano Atlántico ya no eran verosímiles. El hallazgo de Azucena Villaflor de De Vincenti, Ester Ballestrino de Careaga, María Ponce de Bianco, Sor Léonie Duquet, Angela Auad y otras personas durante la corrección de este texto lo hacen veraz. Un error de cálculos, el flujo de las mareas, la necesidad de las almas de negarse a desaparecer, trajeron esos cuerpos a la costa de Santa Teresita. Eran desaparecidos. 


Diego Tedeschi



Este texto fue publicado en el Libro Memoria, Verdad y Justicia. A los 30 años x por treinta mil. 1976-2006. Madres de Plaza de Mayo – Línea Fundadora. Voces de la memoria. Volumen I. Ediciones BAOBAB, Colectivo Cultural Entreletras. Buenos Aires. 2006. 
• Capítulo: Sangre en el mar. Págs
. 314-316.